... Y entonces empezó a llover dentro de la Tiny

En pleno verano nos ganó una tormenta. No una de esas que ves venir desde lejos y te da tiempo a recogerlo todo, cerrar las ventanas y poner a salvo hasta la última broca. Esta llegó cuando las ventanas del tejado de la Tiny todavía no estaban puestas y nosotros tampoco habíamos tenido la precaución de cubrir los huecos con una lona.

Así que, durante un rato, La Encina Guapa estrenó una propuesta arquitectónica que no figuraba en ningún plano: techo abierto, lluvia dentro y herramientas mojándose por el suelo.

Hicimos lo que cualquier persona sensata habría hecho en aquella situación: intentar salvarlas. Bueno, casi. Porque mientras uno corría de un lado para otro sacando cosas del agua, el otro decidió que aquello también tenía que quedar grabado.

Después nos lo recordaron en los comentarios: “Sacar las herramientas del agua ❌ grabar las herramientas mientras se mojan ✅”.

Contestamos: “Y menos mal. Porque de haber hecho lo contrario nos habríamos perdido su comentario”.

Dudamos antes de publicar el vídeo. No porque quisiéramos esconder lo que había pasado, sino porque aquello no era precisamente la imagen que uno imagina cuando piensa en enseñar un proyecto: agua entrando por el tejado, herramientas mojadas y nosotros intentando que el desastre no fuera a más.

Podíamos haber esperado a que dejara de llover, secarlo todo, recoger y publicar al día siguiente una versión mucho más limpia de la historia. Nadie habría sabido que aquella tormenta ocurrió y probablemente tampoco habría pasado nada.

Pero entonces habríamos enseñado una obra, no la historia de una obra.

Publicamos el vídeo y más de 320.000 personas acabaron viendo cómo se nos mojaban las herramientas. Muchas no habían oído hablar de La Encina Guapa hasta ese momento. Algunas llegaron para darnos consejos técnicos, otras para hacer bromas y muchas simplemente para decirnos que no pasaba nada, que las herramientas se secan y que de los errores también se aprende.

Pensándolo después, había algo bastante curioso en todo aquello. Personas que no conocían nuestra casa, que probablemente nunca habían estado en el Valle del Tiétar y que quizá no sabrían situar La Iglesuela del Tiétar en un mapa estaban dedicando unos minutos de su día a hablar con nosotros. Habían llegado porque un algoritmo les enseñó cómo llovía dentro de una Tiny y nosotros les contestábamos exactamente igual que a quienes llevan años acompañándonos.

Algunas de esas personas terminaron alojándose con nosotros. Otras llevan mucho tiempo siguiendo el proyecto y probablemente nunca dormirán aquí. Nos escriben, opinan, nos corrigen, se ríen con nosotros y, durante unos minutos, nos dejan estar presentes en su día a día. Eso nunca lo hemos dado por hecho, e intentamos corresponder de la misma manera: agradecer una corrección aunque no fuera precisamente lo que esperábamos leer, reconocer cuando alguien tiene razón o reírnos cuando hacen una buena broma a nuestra costa.

Y precisamente porque nos importa quién entra en esta conversación, también sabemos poner límites.

Tampoco hace falta estar de acuerdo con nosotros: hay críticas técnicas, opiniones contrarias y gente que habría construido cada cosa de una manera completamente diferente, y algunas de esas conversaciones incluso nos han hecho replantearnos cosas. Pero cuando lo que llega deja de ser una opinión para convertirse en un insulto o un ataque personal, borramos, bloqueamos y seguimos con nuestra vida. Después de todo, tampoco es tan diferente de abrir la puerta de una casa: recibir a alguien con cariño nunca ha significado permitir cualquier comportamiento dentro.

Quizá por eso aquella tarde, contestando a personas que acababan de descubrirnos mientras veían cómo se nos llenaba de agua la Tiny, todo nos resultó extrañamente familiar.

Llevamos años haciendo aquí algo bastante parecido.

Recibir gente.

Solo que algunos todavía no han cruzado la puerta.

Aquí apapachamos.
Jaky y Alberto

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¿Qué te llevarías si solo tuvieras diez minutos para marcharte de casa?