¿Qué te llevarías si solo tuvieras diez minutos para marcharte de casa?
Hay distancias que solo existen cuando no te dejan recorrerlas.
Sesenta kilómetros. Eso era todo lo que nos separaba de La Encina Guapa cuando tuvimos que marcharnos. Una hora de coche, aproximadamente. Cualquier otro fin de semana habríamos ido y vuelto sin pensarlo. Pero durante aquellos cuatro días aquella distancia nos pareció inmensa.
Lo más extraño es que, al mismo tiempo, nunca habíamos visto tanto nuestra casa. La veíamos desde las cámaras de seguridad, desde el mapa del incendio, desde las fotografías que compartían nuestros vecinos y desde las noticias. Abríamos el móvil una y otra vez buscando en una imagen inmóvil alguna respuesta que nos tranquilizara. Podíamos observar casi cada rincón de la finca. Lo único que no podíamos hacer era estar allí.
En realidad, la historia había empezado unos días antes. Desde que se declaró el incendio de Burgohondo nuestra rutina cambió sin apenas darnos cuenta. Por la mañana mirábamos el mapa, la dirección del viento y las noticias antes incluso de preparar el café. Poco a poco empezamos a preparar un plan que esperábamos no tener que utilizar nunca. Las mochilas de 72 horas quedaron listas junto a la puerta. Preparar una mochila que esperas no usar tiene algo de conjuro. Cuando un incendio avanza hacia tu valle descubres que improvisar deja de ser una opción.
La tarde del sábado sonó una alarma que esperamos no volver a escuchar nunca. Era una ES-Alert de Protección Civil. El mensaje ocupaba apenas unas líneas, pero cambió por completo el significado de aquel día:
«EVACUACIÓN POR INCENDIO FORESTAL. Lleve consigo solo documentación, medicamentos y objetos imprescindibles.»
Leerlo lleva unos segundos. Descubrir qué significa realmente la palabra imprescindible cuando estás dentro de tu propia casa lleva bastante más.
Las mochilas ya estaban preparadas, así que no hubo que empezar de cero. Añadimos la comida y el agua de Oli y Rita, nuestros documentos y algunas cosas que probablemente nadie más habría elegido. Entre ellas estaba el libro de visitas de La Encina Guapa. No tiene ningún valor económico, pero dentro guarda cuatro años de personas. Mensajes escritos a mano, dibujos de niños, agradecimientos, pequeñas historias y recuerdos que nuestros huéspedes fueron dejando sin saber que algún día terminarían viajando con nosotros en una evacuación. También metimos algunos regalos que nos habían hecho durante estos años. Objetos pequeños que, vistos desde fuera, quizá no signifiquen gran cosa, pero que para nosotros concentran una parte de la historia de este lugar.
Mientras la casa se quedaba atrás, el libro de visitas viajaba con nosotros.
Diez minutos después de recibir la alerta ya íbamos camino a Talavera de la Reina. Oli y Rita entendieron desde el primer momento que algo estaba pasando. Siempre nos ha sorprendido la facilidad con la que perciben cuándo ocurre algo importante. No se alteraron, no ladraron ni se pusieron nerviosas. Permanecieron pegadas a nosotros durante todo el tiempo que estuvimos cargando los coches, siguiéndonos de un lado a otro con esa calma que solo tienen quienes confían plenamente en que, pase lo que pase, estarán donde tengan que estar mientras estemos juntos.
Antes de salir nos dio tiempo a dejar los tractores resguardados, cerrar la nave y revisar la casa una última vez. Solo hubo una decisión que tomamos conscientemente: dejar la puerta principal sin candado. No fue un descuido. Pensamos que, si durante nuestra ausencia la Guardia Civil, los bomberos o cualquier equipo de emergencias necesitaba entrar en la finca, no queríamos que una cerradura les hiciera perder un solo minuto.
Después arrancamos los coches y nos marchamos. No sabíamos si volveríamos al día siguiente, a la semana siguiente o cómo encontraríamos la finca, si es que la encontrábamos, cuando por fin regresáramos. Lo único que sabíamos con certeza era que había que irse.
Llegamos a Talavera entre las nueve y las diez de la noche y fue entonces cuando apareció un problema en el que ni siquiera habíamos pensado. Habíamos dedicado las últimas horas a preparar una posible evacuación, pero no nos había dado tiempo a preguntarnos adónde iríamos cuando dejáramos de tener casa, aunque solo fuera durante unos días. Nos sentamos en un parque con Oli y Rita mientras buscábamos alojamiento desde el móvil. Llamábamos a un hotel, luego a otro y después a otro más. En cuanto decíamos que viajábamos con dos labradoras, la conversación terminaba casi siempre de la misma manera. Ninguno podía recibirnos.
Cerca de la medianoche un pequeño hotel de Oropesa nos dijo que sí. Volvimos a subir a los coches y llegamos cerca de la una de la madrugada. Por primera vez desde que salimos de casa teníamos un lugar donde dormir. Lo que seguíamos sin tener era la tranquilidad de haber dejado nuestra casa atrás.
La pequeña televisión de la habitación nos permitió duplicar la imagen de las cámaras de seguridad. Sin pretenderlo, aquella pantalla se convirtió en nuestra única ventana al valle durante los días siguientes. Desde allí vimos a nuestro vecino mover sus vacas para alejarlas del fuego y enseguida le escribimos para decirle que, si lo necesitaba, podía meter el ganado dentro de nuestra finca. Por eso habíamos dejado la puerta sin candado antes de marcharnos. Si aquel espacio podía servir para proteger a sus animales, ya no era solo nuestra finca.
Las lindes seguían estando donde siempre. Pero aquella noche todos hablábamos del mismo monte, del mismo viento y del mismo incendio.
Dormimos muy poco. Nuestro mayor miedo llegó aquella primera noche, cuando empezamos a ver caer pavesas sobre la finca a través de las cámaras. Eran pequeños puntos incandescentes que el viento arrastraba por encima del monte y desaparecían entre la oscuridad. Cada uno parecía insignificante, pero sabíamos perfectamente lo que podía ocurrir si una sola encontraba el lugar adecuado para prender. Nuestro vecino nos había avisado de que el fuego avanzaba por el camino de la Ermita, prácticamente la entrada de La Higuera, la parcela donde llevamos tanto tiempo imaginando el futuro glamping.
Durante horas hicimos exactamente lo mismo. Mirábamos las cámaras, ampliábamos la imagen, comprobábamos el mapa del incendio, revisábamos las noticias y volvíamos otra vez a las cámaras. No buscábamos una imagen; buscábamos una certeza. Las cámaras podían enseñarnos la lluvia de pavesas, el humo, la oscuridad y ese resplandor impresionante de un fuego que se acercaba aparentemente sin obstáculo alguno. Lo único que no podían mostrarnos era lo que pasaría.
Cuando encontramos un pequeño apartamento cerca de Escalona y nos trasladamos allí entendimos que la evacuación ya no era algo de unas horas.
Y eso fue, en realidad, lo más difícil de aquellos cuatro días.
Esperar.
No solo esperar una llamada o una autorización para volver. Esperar que cambiara el viento, una buena noticia, que las cámaras siguieran mostrando la casa en pie y que el valle aguantara una noche más. Porque, mientras nosotros esperábamos poder volver a casa, muchos seguían allí sin poder irse.
Cuando por fin nos permitieron volver, abrimos la puerta exactamente igual que la habíamos cerrado cuatro días antes. La casa seguía allí. Los árboles seguían allí. Incluso el silencio era el mismo.
Durante aquellos cuatro días pensamos muchas veces en todo lo que habíamos dejado atrás: la finca, las herramientas, las obras, los árboles que habíamos plantado y los proyectos que todavía estaban a medio construir. Con el paso de los días entendimos que aquello no era realmente lo que más echábamos de menos. Lo que más nos dolía era no poder estar aquí.
Cuando cruzamos de nuevo la puerta no sentimos que estuviéramos recuperando una finca. Sentimos que estábamos volviendo a casa.
Con un abrazo enorme para todos los afectados por el incendio más grande de la historia de España.
— Jaky y Alberto 🌿

