El manifiesto que escribimos para que algunos no vinieran.
Hace cuatro años escribimos un texto para que algunas personas no reservaran en La Encina Guapa.
Suena raro, lo sabemos.
Pero, curiosamente, los primeros para quienes lo escribimos ni siquiera iban a alojarse aquí.
Fueron nuestros vecinos.
Lo imprimimos y lo dejamos en los bares de La Iglesuela del Tiétar. No porque pensáramos que desde allí llegarían más reservas, sino porque acabábamos de llegar de México a un pueblo de poco más de quinientos habitantes y sentíamos que, antes de abrir las puertas de la finca, teníamos que presentarnos.
Éramos "los nuevos". Los de la casa rural. Los mexicanos que habían llegado al último pueblo de Toledo.
Y antes de que la gente conociera la casa, nosotros queríamos que conociera a las personas que había detrás.
Aquel texto no hablaba de la piscina, ni de las habitaciones, ni de las vistas. Hablaba de cómo entendíamos el campo. La hospitalidad. La tranquilidad. El respeto por el pueblo que acababa de recibirnos. Era nuestra forma de decir: antes de venir a nuestra casa, queremos que sepas cómo pensamos. Porque no queríamos que te enamoraras primero de la finca.
Queríamos que, si algún día decidías venir, fuera porque entendías la filosofía que había detrás de ella.
En el fondo era una carta de presentación. Pero una carta escrita con absoluta honestidad.
No intentaba enamorar a nadie. Intentaba que cada persona pudiera decidir si aquel lugar también era para ella.
Porque, aunque entonces todavía no lo supiéramos del todo, ya intuíamos algo que años después terminaríamos escribiendo de forma mucho más clara en aquel mismo manifiesto:
"Para muchos, esta es la nueva definición de un pequeño paraíso. Para otros, no tanto."
Y las dos respuestas nos parecían igual de válidas.
Durante las últimas semanas hemos ido contando quiénes somos. Por qué acabamos en este rincón del valle del Tiétar. Por qué nos obsesionamos con las cosas que nadie ve. Y por qué construimos primero la sombra antes que los cimientos.
Pero mientras escribíamos esos textos nos dimos cuenta de que faltaba una pregunta mucho más honesta.
No quiénes somos.
Sino para quién hacemos todo esto.
Porque una casa rural puede parecer la misma para cualquiera.
Pero nunca significará lo mismo para todo el mundo.
Y creemos que eso está bien.
Por eso una de las primeras frases de aquel manifiesto decía:
"Espere ser tratado como un huésped en nuestra casa, no como un inquilino."
Cuando la escribimos, pensábamos que simplemente estaba explicando nuestra forma de recibir a quien llegara.
Durante un tiempo pensamos que aquella carta había cumplido exactamente su función.
Los vecinos ya sabían quiénes éramos. Empezaban a llegar personas con las que era fácil entenderse.
Y nosotros sentíamos que el proyecto se parecía bastante al que habíamos imaginado.
Hasta que un fin de semana llegaron los estampadores de huevos.
Sí.
Has leído bien.
Los estampadores de huevos.
Entramos después del check-out y tardamos unos segundos en entender lo que estábamos viendo. Los huevos que les habíamos dejado de nuestras gallinas estaban estampados contra el techo del salón. La piscina estaba llena de basura. Había copas rotas por el suelo, bolsas de basura acumuladas en la cocina y muebles fuera de su sitio.
Lo peor no fue el desorden.
Lo peor fue que, cuando preguntamos si podíamos entrar para recibir al equipo de limpieza, nos dijeron que sí... y se marcharon sin despedirse. Sin mirar atrás. Huyendo sin dar la cara.
Aquel día recogimos la casa.
Pero también recogimos una idea que ya no nos abandonaría.
Con el tiempo llegaron otras historias. Los niños que arrancaron las lechugas recién plantadas del huerto mientras nadie los vigilaba. Los aires acondicionados funcionando con puertas y ventanas abiertas en pleno agosto. La llamada a las dos de la mañana porque el detector de humo no dejaba de sonar y nadie quería abrir una ventana para ventilar la casa.
Cada historia era distinta.
Pero todas terminaban haciéndonos la misma pregunta.
Una tarde nos sentamos a hablar. No para buscar culpables ni para darle vueltas a lo que había pasado. Solo queríamos entender si aquel proyecto seguía pareciéndose al que habíamos imaginado cuando empezó todo.
Y la conversación terminó con una frase muy sencilla:
"Si después de una reserva nos vamos a sentir tristes, desilusionados o angustiados... entonces no merece la pena."
Aquella frase no hablaba de dinero.
Ni de ocupación.
Ni de rentabilidad.
Hablaba de otra cosa.
De proteger la ilusión con la que había nacido La Encina Guapa.
Porque comprendimos que cuidar a los demás nunca debería significar dejar de cuidarnos a nosotros. Y que cuidar un proyecto también es una forma de cuidar a quienes llegarán después.
Fue entonces cuando entendimos para qué servía realmente aquel manifiesto.
Aquella tarde volvimos a leerlo.
Y nos hizo gracia descubrir que llevaba cuatro años diciéndonos exactamente lo que necesitábamos escuchar.
No había evitado aquella reserva.
Nunca iba a poder hacerlo.
Aquel día entendimos algo que ningún anfitrión quiere aprender.
Puedes hablar con alguien durante semanas. Responder mensajes, resolver dudas, explicar la casa al detalle... y aun así no saber realmente quién va a cruzar la puerta.
Pero aquel manifiesto sí podía hacer algo mucho más importante. Podía recordarnos quiénes éramos nosotros y cuál era la única forma en la que queríamos seguir haciendo las cosas: no cambiar para gustarle a todo el mundo, sino seguir siendo fieles a aquello que habíamos escrito cuatro años antes.
Porque, al final, aquel texto nunca fue una garantía. Fue una brújula. Una forma de volver a encontrarnos cada vez que una mala experiencia nos invitaba a convertirnos en el tipo de anfitriones que nunca habíamos querido ser.
Comprendimos que filtrar nunca había consistido en cerrar la puerta. Había consistido en asegurarnos de que quien la cruzara lo hiciera queriendo. No porque unas personas fueran mejores que otras, sino porque no todo el mundo busca lo mismo cuando escapa unos días al campo. Hay quien busca una fiesta. Hay quien busca una casa donde celebrar. Y hay quien busca silencio, pájaros al amanecer, sobremesas largas y un lugar donde convivir con el campo, no consumirlo; un lugar donde sentirse cuidado sin que nadie invada su espacio. Ninguna forma de viajar es mejor que otra. Pero intentar gustarle a todo el mundo habría significado dejar de ser nosotros. Y ese era un precio demasiado alto.
Con el tiempo descubrimos que las mejores reservas nunca fueron las que más pagaron. Fueron las que entendieron la casa antes de llegar. Y quizá esa era la verdadera función de aquel manifiesto: no convencer, sino reconocer. Reconocer a las personas con las que merece la pena compartir este lugar y recordarnos a nosotros que este proyecto nunca trató de llenar un calendario. Trató de construir un lugar del que pudiéramos seguir sintiéndonos orgullosos. Un lugar que siguiera pareciéndose a nosotros, incluso cuando habría sido mucho más fácil dejar de parecerse.
Porque, si algún día decides venir a La Encina Guapa, ojalá no sea porque viste una piscina bonita.
O porque te gustó una Tiny House.
Ojalá sea porque, después de leer estas líneas, pensaste:
"Yo también entiendo el campo de esa manera."
Porque entonces...
ya nos conoceremos un poco antes de abrir la puerta.
Y quizá eso era lo que aquel manifiesto intentaba decir desde el principio.
No que este lugar fuera perfecto. Ni que fuera para todo el mundo.
Solo que, para algunos, podía llegar a convertirse en un pequeño paraíso.
Y para otros, no tanto.
Y, ¿sabes qué?
“Se dice y no pasa nada”
Aquí apapachamos.
— Jaky y Alberto 🌿

