Primero la sombra para comer

Mesa de Encina del Cenador

Lo que construyes antes de mover la Tiny

Cuando empezamos a mover la finca, todo ocurría en paralelo. La grúa ya tenía fecha para volar la Tiny hasta su parcela. El vaso de la piscina ya estaba excavado. Los cimientos esperaban su hormigón. Si miras los vídeos de aquellos meses, no hay un orden cronológico limpio: hay un terreno haciendo seis cosas a la vez.

Pero si te preguntas qué fue lo primero que entró en funcionamiento —lo primero que empezó a hacer el trabajo para el que estaba hecho— la respuesta no fue mover la tiny. Es el cenador.

Y ni siquiera está terminado.


Aquellos meses, los albañiles llegaban temprano. Sol de Castilla pegando fuerte a media mañana, el ruido del compresor, las varillas de la cimentación clavadas como si fueran un huerto de hierro. A media jornada paraban a comer, y antes de pensar en cómo iba a quedar la sala de la Tiny o el remate de la piscina, lo que pensábamos era dónde iban a sentarse ellos.

Por eso el cenador fue lo primero. No porque lo planeáramos en una hoja de proyecto. Porque cuando ves a cinco hombres comiéndose un bocadillo apoyados en un saco de cemento, te das cuenta de que la primera estructura que pide ese terreno no es la que va a recibir a los huéspedes —es la que va a recibir a quienes están construyéndolo todo.

Algunos viernes les cocinábamos nosotros. Smash burgers con un toque que se nos cuela en todo lo que hacemos: aguacate y chile chipotle. Pizzas. Patatas fritas con la cáscara puesta —un detalle tonto que les voló la cabeza, hasta el punto de que nos preguntaban cómo las hacíamos para poder repetirlas en casa.

No salíamos a servir. Dejábamos la comida puesta y ellos comían a su ritmo, en su mundo, hablando de sus cosas. La sombra era para ellos.


De aquellas comidas guardamos a algunos.

A Deme, que era cerrado para la comida —no le entraba ni la española, mucho menos la mexicana— pero las hamburguesas le encantaban. Se las comía sin protestar, casi con respeto.

Smash con patatas

A David, que hoy trabaja con nosotros y al que su madre llamaba sacoroto desde pequeño porque comía muchísimo y todo le sabía bien. Era el que se terminaba lo que sobraba. Cualquier cosa que pusieras delante, él la disfrutaba.

A Javi, veintipocos años, que con una hamburguesa ya no podía más. Le entraba algo entre la arcada y la rendición, y le empezamos a decir, medio en cariño medio en broma, que se había puesto como sapo macho. Se reía. Aceptaba el mote.

Esa mesa fue, sin que nos diéramos cuenta, el primer espacio social que existió en este proyecto. Antes de que llegara el primer huésped, antes incluso de que el suelo de la Tiny pisara la parcela, ahí ya se estaba haciendo lo que íbamos a hacer después: dar de comer bien a alguien, en sombra, sin hacer ruido alrededor.


Hay muchas formas de empezar una obra. Puedes empezar por los planos, por los presupuestos, por la maquinaria, por los materiales. Cualquiera de esas formas es válida. Pero hay una pregunta anterior a todas, y es la que nadie suele hacerte primero:

¿Quién va a estar ahí?

Porque puedes tener el mejor proyecto del mundo —los planos más limpios, el calendario más afinado, el presupuesto más ajustado— y si la gente que está trabajando en él no se siente cuidada, el proyecto cojea desde el primer día. Aunque no se note. Aunque salga adelante. Cojea.

A nosotros se nos ocurrió primero el cenador porque hacía sentido material: había que comer en algún sitio. Pero con el tiempo entendimos que esa decisión decía algo más grande de lo que parecía. Decía: aquí, antes que la rentabilidad, antes que el plazo, antes que la entrega, va el cuerpo de quien trabaja.

Y eso, sin saberlo, era el primer ladrillo de marca de La Encina Guapa. Mucho antes de que tuviéramos huéspedes, ya estábamos apapachando.


Hay una frase de Saint-Exupéry que llevamos puesta sin decirlo:

Si quieres construir un barco, no empieces por buscar maderas, cortar tablas o distribuir el trabajo. Primero enséñale a tus hombres a anhelar la inmensidad infinita del mar.
— Saint-Exupéry

Construir un cenador antes que los cimientos no fue un acto de planificación. Fue un acto de orden. Antes de la madera estaba la idea de qué tipo de lugar queríamos que fuera este. Y antes de la idea, la gente que iba a hacerla posible.


El cenador, hoy, todavía no está terminado. Le falta la valla trasera. Le faltan algunos remates que iremos haciendo cuando llegue su momento. Y aun así lleva meses cumpliendo lo único para lo que fue construido: dar sombra a quien come.

Quizás esa sea la lección más bonita que nos dejaron aquellos meses.

Que lo importante muchas veces no necesita estar terminado para empezar a hacer su trabajo.

— Jaky y Alberto 🌿

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