La querencia: por qué hay lugares a los que quieres volver sin saber por qué
La iglesuela del Tiétar. Toledo
Esa palabra que aprendimos sin saber que la necesitábamos.
Esta mañana hacía frío todavía, pero el sol empezaba a entrar entre las encinas. Salimos al porche con el café y el té —la rutina de siempre—, y Oli y Rita salieron detrás, como hacen cada amanecer desde hace años. Nos sentamos. La taza pesaba justo lo que tenía que pesar en las manos. El pueblo todavía no había despertado del todo, así que el silencio era ese silencio que solo existe en La Iglesuela del Tiétar a primera hora: ni del campo del todo, ni del pueblo del todo, sino un silencio compuesto que solo se da aquí.
Y entonces nos pasó lo que nos pasa muchos días, casi sin darnos cuenta: la sensación clarísima de que ya no hay otro lugar. Esa cosa rara, calladita, que es saber que se está donde se tiene que estar.
Tardamos años en encontrar la palabra. La palabra es querencia.
Y quizá por eso hay personas que vienen una vez… y con el tiempo vuelven. Pero no siempre saben explicar por qué.
De dónde viene la palabra
Querencia viene del latín quaerere, que significa querer, buscar, desear.
Pero con el tiempo la palabra se volvió más concreta, más física: la querencia es el sitio al que algo —o alguien— vuelve por instinto.
En el mundo del campo, los pastores hablan de la querencia de las ovejas: ese rincón del monte al que el rebaño sube siempre, sin que nadie lo guíe, porque ahí encuentran sombra, agua y descanso.
En el toreo, la querencia es la zona del ruedo donde el toro se siente seguro y a la que regresa cuando lo persiguen.
En ambos casos la palabra describe lo mismo: el lugar elegido por una memoria que no se aprende, que ya está dentro.
Pero su uso más bonito está fuera de la ganadería y de la plaza. Hay quien usa querencia para nombrar ese tirón silencioso que sentimos hacia un lugar que reconocemos sin haberlo visitado antes. Una luz, un olor, un cierto modo de caer la tarde, y de pronto pensamos: aquí podría quedarme toda la vida. Eso —ese reconocimiento sin lógica— también es querencia.
Cuando descubrimos la palabra, la mejor parte fue darnos cuenta de que la llevábamos años viviendo sin nombrarla.
"Tiraba inexorablemente de mí la querencia." — Marco Almazán, El Rediezcubrimiento de México
Almazán, al revés
A Marco Almazán lo encontramos por casualidad. Era un escritor asturiano que se mudó a México en su juventud y se quedó allá toda su vida. Escribió sobre el país que lo acogió con humor y con cariño, sin esa nostalgia condescendiente que a veces idealiza un país sin llegar a entenderlo del todo.
Su libro El Rediezcubrimiento de México abre con una dedicatoria a los dos países, a México y a España, como dos pueblos que se reconocen en sus diferencias antes que en sus semejanzas. Y termina con un epílogo donde habla de su querencia tirando de él hacia ese México que ya era suyo.
Cuando leímos ese epílogo, nos quedamos en silencio un buen rato.
Porque Almazán contaba lo nuestro pero… al revés.
Él, asturiano enamorado de México. Nosotros, mexicanos enamorados del último pueblo de Toledo.
Su querencia tiraba hacia el oeste. La nuestra, hacia el este.
Pero la palabra valía igual en las dos direcciones.
La querencia no entiende de mapas. No premia al que nació donde le tocaba. Premia al que reconoce un lugar y decide responderle.
Llevamos diez años en España. Llegamos sin saber bien adónde íbamos a parar.
Después vino la búsqueda de un sitio donde quedarnos. Aunque la verdad —y esto lo decimos ahora con perspectiva— es que no teníamos ninguna intención real de comprar nada. Lo que hacíamos lo bautizamos en algún momento como turismo inmobiliario: alquilar casas baratas porque llevábamos perro, dejar que un agente nos paseara en su Toyota por fincas imposibles, caminarlas durante el día con Oli, y al anochecer dejarnos invitar a una cervecita y un chuletón en el bar del pueblo de turno.
Tres meses. Cuatro comunidades. Más de treinta fincas. Quince kilómetros caminados al día, de cinco de la mañana a once de la noche. Moscas, moscos, etcétera. Y siempre, en cada viaje de vuelta a México, la misma sensación rara: volvíamos felices, aunque no hubiéramos encontrado nada.
La Encina Guapa fue de las últimas fincas que vimos. Ya estábamos haciendo cuentas para regresar.
Y entonces aparecieron, despacio, las cosas que nos hicieron quedarnos. La encina grande del jardín. El olor de la jara en mayo. Los pájaros al amanecer. El viento bajando de Gredos.
Todo eso fue tirando suavemente de nosotros hasta que un día nos dimos cuenta de que no había vuelta.
La querencia ya había hecho su trabajo.
La querencia como decisión
Pero la querencia no es solo lo que sentimos. También es lo que decidimos construir.
Sentir que un lugar tira de nosotros está bien. Es bonito. Incluso es romántico. Lo difícil viene después: quedarse.
Y para quedarse de verdad hay que mancharse las manos.
Hubo fines de semana enteros achicando agua porque alguien dejó la Tiny abierta antes de un aguacero. Hubo un pequeño incendio mientras se soldaba la cimentación. Hubo una pared de piedra del vecino que se vino abajo sobre nuestra malla. Hubo días en los que pensamos que era demasiado.
Y aún así, aquí seguimos.
Cada cosa que hemos hecho ha sido una respuesta a esa querencia. La casa rural primero. Después un cenador entre las encinas, levantado antes incluso que los cimientos —pero esa es otra historia, para otro día—. El hide para los pájaros. La Tiny en su parcela. El pack de bienvenida con el sacacorchos hecho con la cadena de hierro que un día cerraba la entrada de la finca y que ahora da la bienvenida a quien llega. La cadena que antes cerraba, ahora abre.
Porque al final, todo esto no es solo para nosotros.
Es para quien llega y, sin saber muy bien cómo, empieza a sentir algo parecido.
Cada uno de esos gestos es una manera de decirle al lugar:
te oímos.
La querencia compartida
Y luego pasa una cosa rara y bonita: la querencia se contagia.
Llega un huésped por primera vez, se queda un fin de semana, vuelve a su ciudad, y al cabo de unos meses nos escribe para preguntarnos cómo va el huerto, si ya hemos cosechado nuestros chiles mexicanos (los jalapeños, serranos, poblanos…), si nuestras gallinas siguen poniendo sus deliciosos huevos, si Oli y Rita siguen igual de querendonas.
Y esas preguntas no son solo curiosidad.
Son querencia.
Es cuando un lugar deja de ser un sitio al que has ido… y empieza a ser uno al que quieres volver.
Hay gente que nos sigue en redes desde hace años sin haber venido nunca, y un día reservan. Y al llegar nos dicen que en vivo es completamente distinto. Que se siente algo muy parecido a la gratitud, a la paz. Algo difícil de explicar.
Eso también es querencia.
Hay vecinos del pueblo —algunos ya parte de nuestra vida aquí— a los que querer este sitio les sale gratis porque es el suyo de toda la vida. Pero también nos hemos cruzado con personas de paso que han pisado la finca una sola tarde y se han ido con algo dentro que no sabían explicar.
Querer un lugar no se compra ni se vende.
Se descubre.
A veces hace falta un libro, una palabra antigua, un escritor asturiano enamorado de México para reconocer lo que ya estábamos viviendo.
Por eso hoy queríamos ponerle nombre a esto.
Aquí iremos contándote, mes a mes, las piezas de La Encina Guapa que no caben en un reel: la sombra que llegó antes que los cimientos, la cadena oxidada que terminó siendo un sacacorchos, lo que pasa cuando una última temporada se convierte, sin avisar, en la primera de algo nuevo.
Si estás leyendo esto, gracias por estar aquí.
Y si en algún momento sientes el tirón —ese pequeño tirón que ya conoces—, ya sabes cómo se llama.
Y si alguna vez quieres venir a comprobarlo, aquí estaremos para darte un apapacho.
Jaky y Alberto 🌿

